La camiseta de Van Nistelrooy
Un reencuentro futbolero con viejos compañeros de primaria abre la puerta a un interrogante más profundo: ¿qué dice de nosotros la elección de una camiseta con nombre y número ajeno?
Aproximadamente 12 años después de terminar el colegio primario, en los albores de Facebook, Javier, uno de mis más grandes amigos de la escuela primaria (y acaso el primer futbolista no profesional que admiré en mi vida), reclutó a viejos compañeros con el fin de armar uno de esos grupos de amigos que juegan una vez por semana en una canchita de fútbol 5. Después de idas y venidas, combinar horarios con gente que ya vivía demasiado lejos o tenía compromisos que no le permitían asistir al encuentro semanalmente, se logró armar un combinado de 10 excompañeros.
En el primer encuentro, Rodrigo, un jugador siempre elegante y de esos que ya eran altos de chicos, apareció con la camiseta de Ruud van Nistelrooy.
Cuando estábamos armando los equipos y entrando un poquito en calor, ensanchando esos primeros momentos de cualquier cancha de Fútbol 5, donde cualquier pelota va picando y todo el mundo intenta pegarle al arco de manera desprolija, alguien hace las veces de arquero, se ensayan corners, tiros libres, pases, cambios de frente todo a la vez, pensaba qué había llevado a Rodrigo a comprarse la camiseta de aquel crack. Van Nistelrooy era un jugador elegante, que podía tener ciertos fanatismo, pero no era Zidane, no era Ronaldinho, no era Ronaldo (el gordo). No era ninguno de esos cracks que tenían muchísimo más público. Rodrigo había elegido por un amor particular y especial a ese jugador para llevar su nombre y su número en la espalda.
No recuerdo cómo salió el partido. Rodrigo siempre jugó bien, pero cuando volví a mi casa al haber terminado la pizza que siguió el encuentro, donde se recordaban las más sorprendentes instancias del juego -solo apasionantes para aquellos que habíamos integrado el partido-, empecé a pensar qué lleva a que usemos un número y el nombre de un jugador existente cuando nos ponemos una camiseta. Sea la de nuestro club o no. ¿Elegir un defensor qué quiere decir de nosotros mismos? ¿Elegir un delantero qué quiere decir de nosotros mismos? ¿Y un lateral? ¿Un jugador en inactividad? ¿Un clásico de hace más de 20 años? Si uno llega a ese fútbol donde lo han invitado, o una vez como mero participante aleatorio o integrando un grupo de los martes o los jueves (los días más elegidos para este tipo de disciplina), siempre termina habiendo un misterio alrededor de la búsqueda de esos nombres y esos números. ¿Acaso significa que uno va a jugar como el nombre del crack en la espalda? Es difícil creer que hay tantos Neymar Junior sueltos por ahí. ¿Un tipo que se pone una camiseta de un jugador en actividad de su club va a representar posicionalmente o personalmente o espiritualmente algo de esa persona? Sigue siendo un misterio.
Salgamos de los lugares comunes. Olvidémonos de los Messi, de los Maradona, de Cristiano Ronaldo, de los jugadores del momento. Pensemos en esas elecciones particulares, sin ser familiar de la figura, sin estar cerca del crack. ¿Qué lleva cada una de esas personas a tener ese número, a portar esa camiseta, a no sentir el peso de tener que ser una imitación? ¿Qué le estamos diciendo al mundo? ¿Es una aspiración? ¿Es un presente? ¿Invocamos a que el nombre y el número nos entreguen algo del talento que necesitamos para ese día o para esa posición?
Hay un parteaguas ineludible, que es la idea de que muchísima gente prefiere su camiseta limpia sin nombre, y mucho menos sin un número, que también es de algún modo una promesa de lo que uno podría entregar o no.
Entonces, volviendo al principio y al misterio de la camiseta de Van Nistelrooy, ¿qué hace que en algún momento ese jugador que, por alguna razón, nos ha tocado en el corazón por la pegada, la elegancia, la manera de pararse en la cancha, de correr, de vestirse, de usar un corte de pelo o de declarar en las conferencias de prensa post partido, hagan que nos identifiquemos al punto de querer que ese sea el nombre que llevamos para siempre y, sobre todo, para contarle un poco a esas otras nueve personas que están con nosotros sea un martes un jueves, quiénes somos o quienes queremos ser?